martes, 13 de mayo de 2014

Polaridad de Férula y Clara

Como siempre hago, me gustaría enseñar una serie de fragmentos que me han sugerido una opinión sobre el tercer capítulo de la obra. Antes de exponerlos voy a explicarme. Como se ha visto en los primeros capítulos de la novela, Férula encarna la mujer que ha sido relegada a las labores del hogar, que ha debido cuidar de su madre toda la vida, que profesa la religión cristiana con una devoción a Dios sin igual. Clara, sin embargo, es absolutamente lo contrario: es una chica tranquila, pero en esa tranquilidad se esconde una apatía impropia del género femenino. De hecho no se deja embelesar por los regalos que le hace Esteban. Ese silencio, esa personalidad ensimismada que se retrae en sus pensamientos y no comparte la alegría del amor con la pareja, es una proyección simbólica de todo lo contrario a lo que debería ser una mujer desde la perspectiva de Esteban. Las imágenes de ambas se bifurcan, pero paradójicamente se vuelven a unir en una relación de amistad que Férula entiende de otra manera. Férula, atormentada por el discurso autoritario de Dios, tiene miedo de experimentar algún tipo de sentimiento por Clara. Clara por su parte sigue en su mundo.

"Esteban quiso que (Férula) viajara ,se comprara ropa y se divirtiera por primera vez en su melancólica existencia, pero ella tenía el hábito de la austeridad y llevaba demasiado tiempo encerrada en su casa. Tenía miedo de todo. El matrimonio de su hermano la sumía en la incertidumbre, porque pensaba que ése sería un motivo más de alejamiento para Esteban, que era su único sustento. Temía terminar sus días haciendo ganchillo en un asilo para solteronas de buena familia, por eso se sintió muy feliz al descubrir que Clara era incompetente para todas las cosas de orden doméstico y cada vez que tenía que enfrentar una decisión, adoptaba un aire distraído y vago. «Es un poco idiota», concluyó Férula encantada". 

"Clara no es la típica mujer que se deja seducir".

"Férula era la primera en despertar, porque le había quedado el hábito de madrugar desde la época en que velaba junto a su madre enferma, pero dejaba dormir a su cuñada hasta tarde".

"Nada escapaba a sus ojos vigilantes y estaba siempre en actividad, en contraste con Clara, que todo lo encontraba muy bonito y le daba lo mismo comer trufas rellenas o sopa de sobras, dormir en colchón de plumas o sentada en una silla, bañarse en aguas perfumadas o no bañarse".


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